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Por Claudio Fantini. El más favorecido por el viaje de la titular de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, a Taiwán, es Xi Jinping. Su liderazgo atraviesa turbulencias porque la economía de China muestra signos de estancamiento, lo que genera malestar social. Se suma al que causó su política antipandemia, tan sobreactuada que mostró rasgos totalitarios. La visita de Pelosi transgredió normas implícitas de la relación Washington-Beijing respecto de la isla a la que Chiang Kai-shek separó de hecho al perder en el continente la guerra contra el Ejército Rojo en 1949.
La gira de Pelosi le dio al líder de China la oportunidad de agitar emociones nacionalistas ante la “provocación” norteamericana.
Y también le dio la excusa para realizar maniobras militares que los estrategas de Xi Jinping llevan tiempo diseñando y constituyen el mayor preparativo para una eventual invasión.
La gira de Pelosi le dio al líder de China la oportunidad de agitar emociones nacionalistas ante la “provocación” norteamericana.
El riesgo parece mayor que en 1996, cuando el lanzamiento de misiles chinos en aguas próximas a dos puertos taiwaneses, hizo que Estados Unidos acercara más que nunca antes al estrecho que separa la isla del continente a los poderosos portaaviones Independence y Nimitz.
¿Por qué una dirigente demócrata le dio semejante oportunidad al liderazgo que ella tanto desprecia?
¿Por qué provocó, o dejó expuesta, una fractura en el bloque demócrata que gobierna a los Estados Unidos?
La razón y el momento pueden marchar a contramano. La razón del viaje de Pelosi a Taiwán es vigorosa, pero el momento que eligió no es el más indicado, sino todo lo contrario.
El gobierno chino la acusó de transgredir las reglas acordadas sobre la cuestión Taiwán.
Es cierto que en esas reglas figura que los funcionarios de alto rango del Estado norteamericano no deben realizar visitas oficiales a la isla, porque implicaría conferirle el estatus de país independiente.
El primero en violentar esas reglas implícitas y explícitas fue el actual mandamás chino.
La cantidad de ejercicios navales en el estrecho de Taiwán, el boicot al flujo de turismo chino hacia la isla, el incremento de las presiones económicas y, sobre todo, los ataques cibernéticos constituyen una creciente ofensiva que sólo puede interpretarse como prolegómeno de una invasión.
No se equivoca Nancy Pelosi al señalar la escalada de presiones chinas sobre Taiwán al afirmar que si frente a semejante ofensiva, Washington se muestra débil y titubeante, estará alentando a China a apurar los tiempos de su plan de anexión.
«Es razonable sostener, como hizo Joe Biden, que Estados Unidos no puede tener dos frentes abiertos de envergadura, el de Rusia y el de China».
La prioridad para la Casa Blanca y el Pentágono está en Europa Central, donde para las potencias de Occidente resulta indispensable impedir que Vladimir Putin salga fortalecido de su guerra expansionista.
El gobierno norteamericano venía trabajando para convencer a Xi Jinping de que no nutra con armamentos y ayuda económica el aparato militar que el jefe del Kremlin puso en marcha.
Y estaba logrando resultados, cuando Nancy Pelosi decidió actuar por su propia cuenta y en base a su interpretación de los hechos.
La gravedad del controversial periplo podría evaluarse por las que China pueda empezar a adoptar respecto a la guerra entre Rusia y Ucrania.
Justo cuando la maquinaria bélica de Putin empieza a mostrar síntomas de agotamiento, se genera la situación que podría provocar un apoyo masivo del régimen comunista que revigorizaría el avance ruso sobre Ucrania.
Un nuevo foco de tensión se ha creado, con resultados impredecibles.